Baños de mujeres - Página 12 - 17/9/1999

Baños de mujeres 

El baño es, para las mujeres, un lugar de encuentro,  de charla, de reflexión, de retoque, de puesta a punto. Uno de  los trabajos de la fotógrafa Leonor Caraballo, realizado en Buenos Aires y  Nueva York, transcurre en baños públicos de mujeres. Probó,  al principio, incluir baños de hombres, pero desistió porque “son  aburridos. Se miran, se peinan rápido y se van”.

Por Soledad Vallejos

Leonor Caraballo arrastra sus enormes ojos –profundos, marrones y con pestañas larguísimas– por las paredes de las que cuelga Mujeres en baños públicos. Es una premisa rara, la de fotografiar mujeres en ese no-lugar ni completamente público –a pesar de que su nombre lo afirme– ni del todo privado. Inevitablemente, esa mirada –la que puede aplicarse al detener por un instante irrepetible el ritmo cotidiano– se construye como una irrupción a la intimidad que se desenvuelve ante los ojos de cualquiera durante un lapso variable. Leonor intuía algo de esa extrañeza, quería provocarla, necesita desnudarla, por algo disparó su cámara cerca de nueve meses en cuanto baño se le cruzara por el camino. No por otra cosa había adquirido como obsesión entrar en todos los baños de los lugares por los que pasaba, aunque más no fuera para registrar mentalmente los climas y volver más tarde cámara en mano para comprobar que el aura había desaparecido, o para capturar alguna escena interesante.  –En realidad, los baños me interesan por el aspecto arquitectónico, son lugares fríos, prácticos, me interesa esa dualidad que hay entre lo frío y lo íntimo, me interesan los mundos de mujeres solas y de hombres solos, cómo nos comportamos las mujeres, cómo me siento yo como mujer ahí, frente al espejo. Y los sonidos son muy interesantes, qué dicen las mujeres. En realidad, quería trabajar sobre el baño de los hombres, y lo hice durante un tiempo. Me vestía de hombre y me metía. –¿Y por qué el cambio de idea? –Era un quilombo, en el colegio de fotografía –la muestra fue su tesis de grado en fine arts– me decían que me iba a meter en problemas, me tenía que vestir de hombre y estaba metiéndome. Además, la mujer es mucho más interesante en el baño que el hombre: el hombre entra, se peina rápido y se va, es más reprimido. Si lo ves solo en su casa, está siete horas, pero ahí se mira así nomás y se va. Entonces, me di cuenta sola de que era más interesante y más simple sacar baños de mujeres. Más interesante: tres mujeres en un baño de Paseo Alcorta, una lleva una beba en brazos que se mira al espejo con ojos desorbitados. La encargada de la limpieza se arregla el cabello frente al espejo, otra le habla, la tercera parece diluirse en las sombras. La luz es fría, helada, igual que las paredes y la mesada inmaculadas. Pero hay una vida. Otra: una mujer mirando la nada, a su lado, unos bolsos. Al lado de los bolsos, desparramada en el piso, hay una nena. Pero la parte fácil no se evidencia con tanta simpleza.
–¿Tuviste algún problema con las mujeres fotografiadas?, ¿alguna reaccionó de una manera inesperada? –A veces tenía y a veces no. En Estados Unidos tuve problemas porque estaba sacando fotos y por ahí la tipa se daba cuenta, alguien que no estaba conforme con ella, generalmente era alguna un poco gorda, era algo raro. Entonces, me decía “¿qué hacés acá?”, yo decía “estoy haciendo un proyecto”. Cuando sentía que iba a reclamar, me iba. A veces, estaba ahí cuando venían los guardias y me sacaban. En una universidad de ballet me pasó que estaba sacando fotos a chicas de 14, 15 años, y una madre se enloqueció, decía que era contra la ley y empezó a gritar, llamó a la policía, me sacaron el film, pero por suerte no se llevaron mi máquina ni nada. Allá hay en cierto modo más problema, la gente está más dispuesta y más acostumbrada a reclamar, acá eso no existe. –¿Qué marcarías de esas diferencias? –La gente americana es más pragmática. Como en los boliches, por ejemplo, acá están horas pero no pasa nada, allá pasan cosas, la gente toma cocaína en los baños, son más radicales. Ahora me pasa que no puedo creer que lo hice. Antes de sacarlas siempre me daba una úlcera. Estaba rompiendo intimidades, y una vez que estaba ahí era como una droga, no podía dejar de hacerlo. Pero entrar es lo que cuesta. Ahora pienso y no puedo creer que me haya metido en los baños. Intenté hacerlo de vuelta, como iba a hacer esta muestra quería agregarle sonido, entonces fui a grabar con unos equipos que me prestaron. Pero no era lo mismo para mí, ya me había pasado todo. –¿Qué otros proyectos hiciste? –Yo siempre me metí en cosas sociales, me interesa eso. Hice proyectos de hombres en talleres mecánicos, con los calendarios porno, todo eso, fue impresionante, todo tenía ese fondo de rubias y pin ups. También hice uno de familias con sus chimeneas como el núcleo de la vida de la casa. Iba, presentaba mi carnet de estudiante y me dejaban pasar. Depende de cómo encares la cosa la gente te dice que sí, pero tuve suerte porque era gente que no me conocía y me dejaba sacarle fotos en sus casas. –¿Cómo fue lo de los talleres? –Esa era siempre una situación sólo masculina. De casualidad, una vez fui a arreglar mi auto y me di cuenta de eso, y dije “qué bueno que sería hacer esto”. Entonces, me hice amiga de los tipos que trabajaban ahí, y era un lugar a donde iban todos los coches de la policía y también me hice amiga de todos los policías. Eso duró un año, y tenía que estar ahí a las seis de la mañana, era terrible y me costó también al principio.  Leonor es inquieta. De otra manera, no se explica cómo una chica tímida –así se confiesa ella– abordó amigos y desconocidos para convencerlos de dejarse fotografiar en un sillón de su departamento de Nueva York –ésa es la otra muestra que está haciendo, hasta el 26 en la galería de Ruth Benzacar–. En la redada, para que quede claro, llegó a caer un taxista iraní con su hija. Tal vez tenga algo que ver que, a los dos años de haber nacido, abandonó la Argentina para regresar recién a los 26. Pero tampoco parece ser eso, porque a pesar de haber vivido la mayor parte de su vida en el exterior, algo la empujó a volver, sintió una necesidad imperiosa de dejar de lado su vida en Nueva York o cualquier posible radicación en Brasil –el país donde vivió hasta los 15 años–. “Me sentía desarraigada, quería ir de vuelta al lugar donde tuviera una base. Y me vine acá. No sé por qué. Al principio, me costó muchísimo, amigos, en realidad, no tengo, pero me gusta salir a la calle y sentirme cómoda, salir a tomar un cortado, ver la arquitectura. Me siento cómoda, es lo principal”. Y tan cómoda que desde su llegada está desarrollando otro proyecto, esta vez más ligado a un mundo masculino por excelencia: el del tango, “me interesa porque es un mundo muy oscuro, muy programado, tiene reglas muy claras, y la presencia de la mujer tiene un rol ajeno pero necesario”.

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